miércoles, 6 de abril de 2011

El banco de las ideas

Salió corriendo, dejando tras de sí, un sonoro portazo que retumbo los frágiles cimientos de la casa. Estaba pletórica, exultante de felicidad. Continuo corriendo sin una dirección concreta durante al menos veinte minutos. Poco a poco, exhausta de la gran descarga de adrenalina concentrada en tan poco tiempo, empezó a suavizar el paso dirigiéndose hacia el parque de la gran avenida. Entró en el parque con aires triunfales mientras sus andares mucho más lentos y pausados se coordinaban con unos pensamientos cada vez más meditados. Caminó a lo largo del parque, mientras observaba los abuelos paseando a sus nietos de aquí para allá, un par de hermanos que al unísono se columpiaban en las cadenas, y unas señoras que cargadas de bolsas volvían a casa desde el mercado.
Finalmente llegó a su banco, lo llamaba el banco de las ideas.
Se giró alrededor, estaba sola. Aquel era su espacio, allí era ella.
Agarró fuertemente la carta que, con tanto ímpetu la había hecho salir de ese modo de casa, y de repente un extraño frio comenzó a recorrer todo su cuerpo. Una tras otra las dudas comenzaron a asaltar en su cabeza. ¿Por qué? se preguntaba, es lo quería ¿no?, sabía que dentro del sobre estaba la respuesta que durante tanto tiempo había ansiado encontrar. Miedo y curiosidad se debatían en su interior.
En esos mismos instantes una imagen muy familiar se cruzó entre las dudas y el miedo, y esa inmensa e incontrolada curiosidad.
Esa nítida y tranquilizadora visión, que la cargó de una  energía tan especial, era su abuelo. Miró entonces de nuevo hacia sus manos, observó cuidadosamente el sobre y entonces lo abrió.

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