A lo lejos las olas se sucedían una detrás de otra, parece que empieza a llegar el viento y una especie de crestas de espuma blanquecina comienza a divisarse en el horizonte frio de febrero. El agua esta fría, muy fría pero el surfista no se amilana. Desde la playa espera paciente, mira, observa, se concentra, se carga de energía y fiándose de su intuición decide que ha llegado el momento. Se apresura a sacar su tesoro más preciado, la acaricia, la prepara y se prepara. Listos los dos en pura sintonía se encaminan mar a dentro, la adrenalina empieza a recorrer lentamente su cuerpo y el contacto con el agua fría se vuelve cálida de la emoción. Una después de otra comienzan a desfilar a lo largo de la costa pero el surfista paciente sigue esperando, dos, tres, cuatro…la siguiente…y adelante, ya no hay tiempo de pensar sólo de actuar y disfrutar. Se desliza a lo largo de la ola, se funde con ella, en total armonía tabla y ola sin perder el contacto hasta el final, hasta su desvanecimiento total.
El surf es la metáfora de la vida en esencia pura. Donde la ola representa la vida y la tabla la actitud ante ella.
Las oportunidades son efímeras, como las olas, y tienen su justo momento de actuación, saber esperar, y elegir cabalgando con habilidad.
Puedes surfear como vivir, de manera hostil, agresiva y cargado de prejuicios, o de manera pacífica, tolerante y en armonía.

Me ha encantado, Carla... ¡Enhorabuena!
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